El martillo de oro
Lo que te hizo bueno puede estar estorbándote ahora
Hay una escena que se repite tanto que la reconozco al instante, por la cara que pone quien la cuenta. Es como la que imagino que tuvo Arquímedes cuando gritó “¡Eureka!”. La de alguien que rápidamente sabe la respuesta y es la correcta. Esa felicidad instantánea.
Alguien de tu equipo está desmotivado y te empieza a contar. Pero… NO PASA NADA… porque tú ya tienes una lista de opciones para resolver que van desde cambiarlo de equipo hasta plantearle un reto nuevo. Y… se lo explicas.
Has entrado en el mundo preferido de los que tenemos de un background técnico: EL MUNDO DE LAS SOLUCIONES.
Por qué pasa
Casi todos los managers técnicos venimos de un sitio donde el trabajo era ese: ver un problema, entenderlo, resolverlo. Años haciéndolo. Y muchas veces esa habilidad es por la que te ascienden a manager.
El problema es que cuando entras en el mundo del management has cambiado un tipo de complejidad por otra. Y mucho de lo que sabías ya no se aplica.
Llevas años afilando una herramienta, y el primer día de manager esa herramienta se convierte en el problema.
Yo lo llamo el martillo de oro. Cuando solo tienes un martillo, todo parece un clavo. Y el tuyo no es uno cualquiera: lleva años puliéndose, es de oro.
El dicho no es enteramente mío. Yo sólo le he añadido la parte dorada. En 1964 Abraham Kaplan, filósofo de la ciencia, escribió que si le das un martillo a un niño descubrirá que todo lo que encuentra necesita un martillazo. Lo llamó la ley del instrumento.
Por qué un martillo no basta
Hay otra ley que explica por qué ese cambio de complejidad se queda corto. En 1956 Ross Ashby formuló la ley de la variedad requerida: solo la variedad absorbe variedad. Para gobernar un sistema necesitas al menos tantas respuestas distintas como estados distintos puede presentar ese sistema.
Y, en mi opinión, el management presenta muchísimos más estados que un sistema técnico. Alguien que no entiende por qué algo es importante (o lo entiende pero no lo comparte). Un conflicto. Agendas ocultas. Política. Un equipo con miedo (y no sabes por qué). Mucha más incertidumbre que tu anterior trabajo.
Da igual lo bueno que seas con tu martillo: en este sistema nuevo, no compensa la falta de tener herramientas diferentes.
¿Qué se pierde?
Volviendo al ejemplo del inicio, cuando entras en una conversación, lo primero que quiere una persona que tiene un problema es saberse escuchada. La persona llega probablemente con sentimientos intensos (preocupación, miedo, cansancio…) y necesita saber que entiendes tanto cómo se siente (y por lo tanto lo importante que es para ella) como los detalles del problema. Sin eso, todas tus soluciones simplemente caen en saco roto. Es una precondición antes de solucionar que entiendas el estado emocional de la persona.
Cuando respondes con tu martilllo (la solución), la persona se encuentra con algo con lo que todavía no está preparada para lidiar. Y es posible que lo más importante, que quizá no te ha contado todavía, ni siquiera llegue a aparecer en la conversación. Lo cortaste con tu afán de solucionar.
Cómo saber si te está pasando
Lo complicado de este reflejo es que tu impresión es que estás haciendo bien tu trabajo.
Si no sabes si es tu caso, tres señales que miraría:
Contestas antes de que la persona acabe de hablar.
Sales de los One on Ones con tareas asignadas pero sin entender bien cómo piensa la persona y qué le preocupa.
Y la más seria: empiezan a traerte los problemas ya resueltos. O directamente dejan de traértelos.
Esa última puede ser interpretada como “mira, confían más en sí mismos y en su criterio”. Ya, pero también puede significar que ya saben lo que vas a decir y que prefieren ahorrárselo.
Lo que sí funciona
Funciona pararse a escuchar, tratar de entender, no juzgar lo que te dicen. No ponerte en modo “cómo es esto que escucho para mí”, sino “cómo es esto que escucho para la persona que me habla”. Bajarte un rato de creer que, como manager, tu función en la vida es devolver soluciones como Rafa Nadal devuelve pelotas.
¿Cómo empiezas a hacer algo así? Aquí van 3 tips si quieres empezar por algo concreto:
Abre con una pregunta abierta. Algo tipo “¿Hay algo que esté siendo más duro de lo normal?” Algo que no proponga nada concreta ni acote la respuesta.
Una pregunta hipotética. “Si un amigo tuyo estuviera en tu situación, ¿qué crees que le preocuparía?” Preguntar por otro deja decir cosas que sobre uno mismo cuestan más.
Y el más difícil de los tres: callarte. Empieza por no hablar de entrada y luego pasa a dejar cuatro segundos de silencio de vez en cuando. Cuatro. Si no estás acostumbrado, quizá se te hagan eternos. Pero en esos huecos es donde la persona quizá se lance a explicar lo que realmente le preocupa.
Lo incómodo del asunto de “no empezar resolviendo” es que igual es más largo de lo que tenías en la cabeza y que no sabes a dónde te va a llevar.
Pero, amigo/a… bienvenido/a al mundo del management, no controlas muchas de esas cosas, y si piensas que las controlas… te esperan unas cuantas sorpresas.
Nos leemos
PD: si estás en tus primeros meses como manager (o justo has cambiado de jefe, equipo o empresa), he montado un mini-curso gratuito de 5 días para montar tu plan de los primeros 90 días, con vídeos explicativos y una herramienta de IA cada día para aplicarlo a tu caso concreto. El día 1 va justo de lo que va este artículo.





